Charlize Theron destaca en la comedia A Million Ways to Die

Universal Pictures / PR-ADN
En esta comedia ambientada en el Lejano Oeste, Charlize Theron destaca al aportar carisma y energía a una historia que por momentos carece de dinamismo, logrando que las escenas más memorables recaigan principalmente sobre su actuación.
Tl;dr
- Falta de pasión real por el género western.
- Charlize Theron destaca en un reparto desigual.
- El humor paródico resulta irregular y poco inspirado.
Un homenaje al western que nunca despega
Las expectativas eran elevadas: Seth MacFarlane, creador de la irreverente Family Guy, se lanzaba en 2014 al pastiche del western con A Million Ways to Die in the West. Sin embargo, desde sus primeros compases, la cinta transmite una sensación de desapego. Se percibe que los códigos clásicos del género están ahí sólo de forma superficial; la parodia parece orquestada desde cierta distancia, casi sin afecto ni verdadera comprensión por el espíritu del Far West. Y este déficit de entusiasmo se extiende, minuto a minuto, durante las más de dos horas que dura el filme.
La luz entre las sombras: Charlize Theron
No obstante, algo logra salvarse del naufragio. Es inevitable detenerse en el trabajo de Charlize Theron, quien da vida a Anna Barnes-Leatherwood. Su personaje –esposa desencantada de un temido forajido interpretado por Liam Neeson– respira inteligencia y matices inesperados. Cuando Anna enseña a Albert Stark (el propio MacFarlane) a batirse en duelo, o en los momentos donde surge una complicidad sincera entre ambos, la actriz aporta humanidad y calidez al conjunto. Por instantes, su presencia evoca ecos del clásico protagonizado por John Wayne, aunque teñidos aquí de un desencanto contemporáneo.
Un protagonista que no termina de encajar
Frente a ese brillo individual, el desempeño actoral de Seth MacFarlane resulta deslucido. Su intento de recrear la dinámica cómica tipo Woody Allen y Diane Keaton carece tanto de chispa como de química genuina. La transformación narrativa del personaje principal —del cobarde típico al héroe accidental— podría haber resultado efectiva si MacFarlane hubiese optado por ceder el foco interpretativo, como hizo con Mark Wahlberg en Ted. Al no hacerlo, el relato acaba perdiendo fuerza e intensidad.
Humor adolescente y oportunidad perdida
Pese a todo, algunos gags funcionan puntualmente: resulta imposible no mencionar el duelo escatológico entre Albert y Foy (Neil Patrick Harris). Pero incluso esas escenas eficaces acaban recurriendo a un humor básico y juvenil que remite más a la burla escolar que al ingenio satírico de referentes como Mel Brooks. Varios elementos explican este desencanto:
- Poca fidelidad al espíritu original del western.
- Límites interpretativos del propio director.
- Dosis insuficiente de inventiva cómica.
En definitiva, ni la mejor distribución puede rescatar una comedia huérfana de amor por su materia prima. Quienes esperaban reencontrarse con la mordacidad habitual del creador tendrán que mirar hacia otros proyectos como The Orville, donde sí aflora esa energía tan característica.